Antes de que existiera Estocolmo, ya existía Sigtuna.
A poco menos de una hora al norte de la capital, junto a las aguas del lago Mälaren, se levanta la ciudad más antigua de Suecia. No es un título turístico inventado: fue fundada hacia el año 980 por el rey Erik el Victorioso, y durante los dos siglos siguientes fue residencia de los reyes suecos y uno de los grandes centros de poder del país.
Caminar por Sigtuna es caminar, literalmente, por el origen de una nación.
Stora Gatan, la calle más antigua del país
El eje de la ciudad es Stora Gatan, considerada la calle principal más antigua conservada de Suecia. Lleva siendo el corazón de Sigtuna más de mil años, y hoy la recorren casas bajas de madera, pequeñas tiendas artesanales y cafeterías con siglos de historia.
Aunque las casas actuales no son las originales varios incendios arrasaron la ciudad a lo largo de los siglos, el trazado medieval sigue intacto, y con él la sensación de estar en un lugar que el tiempo ha tratado con respeto.
Un dato que resume su importancia: en Sigtuna se acuñaron las primeras monedas de la historia de Suecia, hace más de mil años. Aquí no empezó solo una ciudad; empezó el comercio organizado de todo un país.
Las runas: mensajes vikingos que aún se pueden leer
Si hay algo que hace única a Sigtuna, son sus piedras.
La ciudad y sus alrededores conservan alrededor de 150 piedras rúnicas, una de las mayores concentraciones del mundo. Son bloques de piedra tallados por manos vikingas hace unos mil años, muchos todavía en su lugar original o a pocos metros de él.
No son monumentos a grandes héroes. La mayoría honran a personas corrientes un padre, un hermano, un comerciante que murió en una expedición y fueron colocadas estratégicamente junto a los caminos para que la gente las leyera al pasar. Eran, en cierto modo, las redes sociales de la época vikinga.
Muchas guardan un detalle revelador: aunque las talló un pueblo vikingo, terminan con una oración cristiana "Dios, ayuda a su alma", porque se hicieron justo en el momento en que Suecia dejaba atrás sus antiguas creencias para adoptar el cristianismo. Cada piedra es, a la vez, el final de una era y el principio de otra.



Ruinas medievales y la iglesia que se resiste al tiempo
El giro de Sigtuna hacia el cristianismo dejó una huella que todavía se puede ver, y explica algo que sorprende al llegar: para ser una ciudad tan pequeña, tiene una concentración de iglesias enorme.
Repartidas por el centro están las ruinas de varias iglesias medievales San Olaf, San Lorenzo, San Pedro, muros de piedra del siglo XII que hoy se alzan a cielo abierto y que recuerdan la época en que Sigtuna fue hogar de los primeros reyes cristianos de Suecia.
Pero la joya sigue en pie. Mariakyrkan, la iglesia de Santa María, fue construida en ladrillo por monjes dominicos en el siglo XIII y es la iglesia de ladrillo más antigua de la región del Mälaren. Más de 750 años después, no es una ruina ni un museo: sigue en funcionamiento, con servicios religiosos, bodas y conciertos. El monasterio que la acompañaba tuvo además un papel clave en la educación medieval sueca, con bibliotecas de manuscritos y enseñanza del latín.
El ayuntamiento más pequeño de Suecia
En la plaza central hay otra curiosidad que nadie se espera: el ayuntamiento de Sigtuna, construido en 1744, es el más pequeño de todo el país. Un edificio de madera diminuto, casi de casa de muñecas, pero que durante siglos cumplió funciones institucionales reales.

El museo que guarda lo que había bajo tierra
Para entender todo lo que Sigtuna ha sido, el mejor punto final es el Museo de Sigtuna. Es pequeño como casi todo aquí, pero está construido sobre el asentamiento original de la época de Erik el Victorioso, y expone los objetos vikingos y medievales encontrados en la propia "tierra negra" de la ciudad: monedas, herramientas, restos de aquel puesto comercial internacional que fue Sigtuna hace mil años.
Es la forma más directa de poner en contexto todo lo que se acaba de ver caminando por la calle.
El final más sueco posible: un fika
No hay mejor manera de cerrar una visita a Sigtuna que como lo haría cualquier sueco: con un fika. Café recién hecho y un kanelbulle el bollo de canela clásico en una de las cafeterías históricas de Stora Gatan. No es un cliché turístico; es un ritual diario profundamente arraigado en el país, y aquí, entre casas de madera centenarias, cobra todo el sentido.
Sigtuna se visita en apenas medio día, pero deja una sensación distinta a la de Estocolmo. No es la de haber visto otra ciudad bonita más, sino la de haber estado en el punto exacto donde empezó todo: la primera piedra, la primera moneda, la primera calle. El lugar donde Suecia, sencillamente, comenzó.





